
Los estudios actuales de las neuroiciencias nos indican cada vez más y con mayor fuerza lo importante que son los primeros años de vida en el niño para el desarrollo de su pensamiento y aprendizajes. Múltiples estudios indican que el 75% del desarrollo cerebral se produce antes de los tres años y que éste desarrollo está más ligado a la interacción con el medio que incluso, con su dotación genética.
La concepción de la importancia de la motricidad libre desde los primeros días de un niño surge de los estudios y observación de cientos de niños que realizó la Dra. Pediatra húngara, Emmy Pikler hace ya más de 70 años, cuyos principios siguen utilizándose por connotados profesionales que trabajan por la infancia en el Istituto Pikler. Sus conclusiones se basaron en el estudio de la motricidad autónoma que el bebé podía realizar por sí mismo sin que fuera nunca puesto por un adulto en ninguna posición que no hubiese adquirido por su propia iniciativa y capacidad de maduración biológica. La Dra. Pikler demostró la importancia de no apurar los progresos en la adquisición de la motricidad de los niños, respetar su ritmo individual de desarrollo en los movimientos que paulatinamente iban adquiriendo por sí mismos, pero asegurando desde el comienzo toda posibilidad de actividad autónoma iniciada por sí misma. Tanto en su motricidad como en su juego, en su descubrimiento y exploraciones, en sus propias capacidades corporales y de su entorno, no se abusó nunca de una posición que el niño no pudiese tomar o abandonar a su antojo, no se le estimuló nunca a un progreso aparentemente más adecuado o esperado para un niño “según su edad” ya que el respeto por el ritmo particular en el niño es prioridad. Este respeto por lo que él es capaz de hacer genera en el niño seguridad para explorar su medio más cercano con un sentimiento de eficacia que lo hace competente para sus descubrimientos y exploraciones, lo que va fomentando su capacidad de pensar y relacionarse con su medio y con los otros de forma segura y confiada.
La concepción de la importancia de la motricidad libre desde los primeros días de un niño surge de los estudios y observación de cientos de niños que realizó la Dra. Pediatra húngara, Emmy Pikler hace ya más de 70 años, cuyos principios siguen utilizándose por connotados profesionales que trabajan por la infancia en el Istituto Pikler. Sus conclusiones se basaron en el estudio de la motricidad autónoma que el bebé podía realizar por sí mismo sin que fuera nunca puesto por un adulto en ninguna posición que no hubiese adquirido por su propia iniciativa y capacidad de maduración biológica. La Dra. Pikler demostró la importancia de no apurar los progresos en la adquisición de la motricidad de los niños, respetar su ritmo individual de desarrollo en los movimientos que paulatinamente iban adquiriendo por sí mismos, pero asegurando desde el comienzo toda posibilidad de actividad autónoma iniciada por sí misma. Tanto en su motricidad como en su juego, en su descubrimiento y exploraciones, en sus propias capacidades corporales y de su entorno, no se abusó nunca de una posición que el niño no pudiese tomar o abandonar a su antojo, no se le estimuló nunca a un progreso aparentemente más adecuado o esperado para un niño “según su edad” ya que el respeto por el ritmo particular en el niño es prioridad. Este respeto por lo que él es capaz de hacer genera en el niño seguridad para explorar su medio más cercano con un sentimiento de eficacia que lo hace competente para sus descubrimientos y exploraciones, lo que va fomentando su capacidad de pensar y relacionarse con su medio y con los otros de forma segura y confiada.



