En las supuestas vacaciones que tuvimos el pasado verano, en unas cuantas hojas del cuaderno de mi Celeste escribí el dolor... el dolor de la partida de una vida a la que me había acostumbrado a disfrutar, el dolor de reconocer que uno a veces no tiene opciones y sólo debe acatar lo que el destino o lo que sea te pone por delante.Y este desafío, es el más difícil que nos han puesto jamás, pues significa acomodar el corazón; y entregarnos al cuidado de un padre que ahora es niño, …. si un niño y uno chiquito que está en la etapa
cuando la sensorialidad prima, donde lo importante es la impresión que generan las cosas más que la expresión que podemos acordar de estas. Donde una caricia es el lenguaje que mejor expresa nuestros sentimientos y la compañía y cercanía lo son todo.
En un principio fue muy difícil y en extremo doloroso, porque todas las rutinas fueron acomodándose a las necesidades de nuestro nuevo padre-hijo.
Hoy que miramos con distancia cada periodo que vivimos en este año, nos damos cuenta que esas vacaciones fueron el punto de partida de una rápida despedida de lo que fue y siempre recordaremos de nuestro papito querido. Creo que esta opción que nos ha dado la vida, que para mi gusto ha sido devastadora, era en definitiva la única que nos podría dejar conforme de su partida y descanso el día de hoy. Pues tener un padre, tío, hermano, colega, compañero y esposo ejemplar y dejarlo partir es la experiencia más dolorosa a la hora del adiós.
Te queremos padre de mi alma.