Cuando
uno es maestra en un Jardín infantil, ve pasar a tus niños y a no
ser que te los encuentres con los años en el supermercado y, ellos
te reconozcan, escasamente tienes espacio para saber de sus vidas y
como han cambiado sus caritas con el paso del tiempo. Ahora si eres
maestra de preescolar o nido la cosa es aun más difícil, porque de
seguro y sobretodo los hombres, son otros seres humanos de los
puntitos chicos que eran antaño.
Esa
era mi motivación hace doce años al integrarme al Epullay, poder
logra estrechar este vinculo que uno hace con sus niños y verlos
crecer día a día y no peder ese nexo.
Este
año, pese a que aun no sale mi primera generación del Epullay, ya
tengo a una princesa que estuvo conmigo en uno de mis salones y
emigra al mundo a buscar sus propios rumbos. Y lo que me pasa, es que
aun tengo en mi mente su carita de pequeña; sus trenzas bahianas de
siempre y de vez en vez su pelo desaliñado porque peleó con la
peineta.
Hoy
30 de Octubre esa misma chiquitita de mirada clara, se fue a mi salón
con mis actuales niños de preescolar y una emoción que inunda mi
corazón (que por suerte ya he logrado controlar) me alejó y me hizo
ver la grandeza de esta profesión que uno tiene, de ver crecer a
seres humanos desde la ciega y amorosa admiración hacia el
pensamiento crítico y amor incondicional.
No
se si por mucho más tiempo veré salir generaciones tras
generaciones, pero me encantaría tener el orgullo que veo en la
Gladys, mi viejita que está ahora apoyándonos día adía con los
materiales, y ver entrar por la puerta a uno de mis niños o niñas
ya como padre o madre y ver cerrar el ciclo de la vida!!
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